Por: Víctor Vera.

El Ejecutivo acaba de presentar en el Senado un proyecto de ley para, según lo declarado, mejorar el Sistema de Admisión Escolar (SAE) que, consiste en pocas palabras: todos los establecimientos educacionales que reciben aporte estatal, públicos y privados deben informar sus vacantes a través de un sistema informático para la admisibilidad de la matrícula de las y los estudiantes en el sistema escolar (desde el nivel de párvulos hasta educación secundaria) un algoritmo – conjunto de instrucciones lógicas matemáticas predefinidas – organiza y distribuye la demanda de matrícula según la capacidad disponible. Cabe mencionar que el sistema particular pagado quedó fuera de este sistema y se rige según sus propios métodos.


También, El Ejecutivo ingresó por la Cámara de Diputados un proyecto legal para regular lo que denomina como “selección por mérito” a partir de 7° básico, mediante mecanismos de asignación propios, asociados a antecedentes académicos previos o a pruebas que midan aptitudes o habilidades especiales.


Desde luego, ningún sistema es infalible y el SAE actual, tampoco. Ha habido bastante bulla desde que se implementó, en el sentido de: las familias no podrían elegir el colegio de su preferencia, las opciones disponibles no son las deseadas, hay demanda de matrícula insatisfecha y un número determinado de estudiantes – cada año – sin matrícula efectiva.


Los detractores del SAE pueden enarbolar cifras a su favor, de gran impacto noticioso: hasta la educación pública, refiriéndose a los denominados emblemáticos, ejemplo paradigmático el “primer foco de luz de la nación”, el Instituto Nacional, ya dejó de ser un liceo exitoso medido según número de puntajes nacionales en la prueba de selección universitaria y, de hecho, también ha perdido matrícula.
Sin ánimo de defender el sistema SAE es notorio algunos efectos: la mayoría de los postulantes quedó en alguna de sus tres primeras preferencias (desde luego esto no importa para quien tiene un estudiante sin matrícula donde le gustaría); quitó el efecto “descreme” del sistema escolar subvencionado; las escuelas y los liceos que antes del SAE seleccionaban por rendimiento u otros indicadores, se quedaban con los alumnos con mejores probabilidades de aprender, ser exitosos y mejorar los indicadores de esas mismas instituciones (cosa que también hacía el Instituto Nacional, por ejemplo); el desafío para el sistema escolar fue – no apoyado suficientemente por las autoridades de turno – cómo seguir haciéndolo bien o mejorar con todos los estudiantes que no puede seleccionar y, al revés, lo seleccionaron las familias. Algunos lo lograron, otros no.


También el SAE logró evidenciar un dato que, por obvio no se miró nunca: por distintas razones – a lo menos en la enseñanza básica, hoy – hay más sillas disponibles instaladas que estudiantes. Otra cosa es si esas sillas – financiadas por el estado – son las deseadas por los estudiantes y las familias. Además, saltó a la vista que hay comunas mejor equipadas educacionalmente que otras (si bien se cayó de maduro siempre, era como oír llover para levantar los apoyos necesarios y resolver el problema).
El manejo de datos – en general desaprovechado, en el sentido de no levantarse políticas al respecto – de modo central contribuyó a dimensionar la relevancia del fenómeno: ¿por qué determinadas comunas – y sus ciudadanos – disponen de más y mejor oferta escolar que otras?


Hoy, el Ejecutivo concluye que el responsable de la deficiente calidad educacional – en general hay coincidencia respecto de la calidad educativa que reciben la mayoría de las y los estudiantes en Chile tiene un gran margen por mejorar – es el SAE y, lógico, se lo debe enmendar o echar abajo. Es como si el médico tirara su termómetro por la ventana de la consulta debido a que indica fiebre alta en su paciente.
Las autoridades de gobierno señalan que “las modificaciones propuestas al SAE buscan devolver a las familias la posibilidad de elegir la educación de sus hijos mediante un proceso de admisión que reconozca sus particularidades y circunstancias; restituir el reconocimiento del mérito como eje central de la admisión; y, en tercer término, fortalecer la existencia de proyectos educativos diversos”. Nadie estaría en desacuerdo con elegir la educación de sus hijos, impulsar el mérito como un valor y fortalecer proyectos educacionales diversos, en el contexto de la legalidad vigente; pero de ahí a lograrlo a través del sistema de admisión hay un largo trecho.


Si se mira bien, se trata de volver atrás, a la etapa sin SAE: discriminación absoluta de niños con menores oportunidades, dependiendo de la cuna en que les tocó nacer; según su credo religioso o responsabilidad parental; Etc. Eso era el sistema educacional chileno, en pocas palabras.
Por supuesto si a la gente de poder o con relativos privilegios le gustaba, es otra cosa: la vieja y conocida “cuña” para entrar, saltarse la fila, para qué seguir con enojosos ejemplos.


Está claro que recibir a un estudiante con mejores pericias y que además sea “bien portado” es el óptimo; pero, concordemos que ese no es el fin del sistema educacional chileno. Vale la pena leer las declaraciones de la Ley General de Educación. Si un centro escolar se da el lujo de volver a estas prácticas, cuál será su mérito al exhibir buenos puntajes en pruebas estandarizadas e imagen social.
En un mundo así, el sistema escolar se segmenta duramente. Cuando no hay ni apoyos ni financiamiento para los que están a la cola de la distribución, es derechamente injusto.


El presidente de la República, José Antonio Kast, señaló que “este proyecto es tan importante, porque permite reconocer al niño en sus aptitudes, en su mérito, y buscar a cada niño el proyecto educativo que lo llene, que lo haga feliz y que complemente la educación de sus padres. Permite al establecimiento valorar el mérito, valorar el compromiso de los padres con ese proyecto educativo”. Hay niños en el sistema que ni siquiera tienen padres, qué hablar de compromiso de los ausentes.


En lo que sí reconocemos valor a lo expresado por el presidente es lo de las aptitudes y mérito de las y los niños: menos mal que el talento se reparte democráticamente en la población. Lamentablemente ese talento se va apagando entre los más desposeídos porque tuvieron mala fortuna de nacer en determinado lugar y vivir ciertas condiciones sociales desfavorables. Esos niños – salvo caso raro, estadísticamente hablando – no lo lograrán.


Como decían las abuelitas de antaño, si el talento no se riega, se pasma.


En las escuelas del segmento bajo ocurrirá que no habrá ni agua; acaso, regadera.
Un valor esencial para potenciar un Chile feliz es hacer real, cada día, las declaraciones de bienaventuranza escritas en los fundamentos de las leyes.
¿Va a ser posible con el fin del SAE?

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