Por: Elizabeth Vergara Carrasco.
En 20 años los visitantes se preguntarán por qué el principal espacio cultural de la ciudad decidió rendir homenaje al poder político antes que a la cultura misma.
La inauguración del nuevo Centro Cultural de La Calera debía ser una celebración para la ciudad. Una jornada para encontrarnos con la cultura, con las artes y con la esperanza de que este nuevo espacio se transforme en un punto de encuentro para las futuras generaciones.

Sin embargo, la ceremonia terminó dejando más preguntas que aplausos.
Los problemas técnicos fueron evidentes desde el comienzo. 30 minutos de retraso. El sonido falló y una presentación musical que buscaba aportar solemnidad al acto terminó convirtiéndose en una experiencia incómoda para buena parte del público. Pero esos errores son menores. Se corrigen. Se olvidan.
Lo que cuesta más olvidar es la señal que se entregó sobre la forma en que se entiende la cultura en nuestra comuna.
Porque alguien decidió que varias salas del nuevo centro cultural llevaran los nombres de ex alcaldes de La Calera.
Y la pregunta es inevitable: ¿por qué?
¿Qué relación tiene la administración municipal con la creación artística? ¿Qué vínculo existe entre el ejercicio del poder político y los espacios destinados a la expresión cultural? ¿Por qué, teniendo una enorme cantidad de artistas, músicos, profesores, gestores culturales y cultores locales que han dedicado su vida a enriquecer el patrimonio de la comuna, se optó por homenajear a figuras políticas?
Más grave aún: ¿quién tomó esa decisión?
Porque hasta donde se conoce, el ente consultivo cultural creado por la Municipalidad de La Calera no fue convocado ni consultado para discutir una determinación que afecta directamente la identidad del principal espacio cultural de la ciudad.
Si aquello es efectivo, el problema ya no es el nombre de las salas. El problema es la ausencia de participación.
Resulta paradójico que un edificio construido para promover la cultura nazca precisamente ignorando una de las bases fundamentales del desarrollo cultural moderno: la participación de la comunidad en las decisiones que construyen su identidad.
La cultura no se decreta.
La cultura no se impone.
La cultura se construye colectivamente.
Y cuando una autoridad decide por sí sola quién merece ocupar un lugar permanente en la memoria simbólica de la ciudad, lo que está haciendo es reemplazar una conversación ciudadana por una decisión administrativa.
Eso no fortalece la cultura. La empobrece.
Nadie discute que los ex alcaldes forman parte de la historia de La Calera. Lo son. Pero la historia política de una comuna no es lo mismo que su historia cultural.
Confundir ambas cosas revela una mirada profundamente centralista del poder, donde las autoridades aparecen siempre en el centro del relato y la comunidad queda relegada al papel de espectadora.
Un centro cultural debería ser el lugar donde la ciudad se reconoce a sí misma. Donde aparecen sus creadores, sus artistas, sus poetas, sus músicos, sus actores, sus fotógrafos, sus profesores y sus cultores populares. Personas que muchas veces han trabajado durante décadas sin remuneración, sin reconocimiento y sin una placa que recuerde su aporte.
Sin embargo, en La Calera ocurrió exactamente lo contrario.
Antes de inaugurar la programación artística, antes de que el edificio construya una historia propia, ya quedó marcado por la lógica de los homenajes políticos.
Es una decisión difícil de comprender y aún más difícil de justificar.
Porque las autoridades son transitorias. La cultura permanece.
Y cuando dentro de veinte o treinta años los vecinos recorran estas salas, probablemente no se preguntarán quién ocupó la alcaldía en determinado período.
Lo que sí se preguntarán es por qué el principal espacio cultural de la ciudad decidió rendir homenaje al poder político antes que a la cultura misma.
Esa pregunta, por incómoda que resulte, merece una respuesta.
Esta versión tiene un tono más editorial, más crítico y apunta directamente a la falta de consulta y a la apropiación simbólica de los espacios culturales por parte del poder político, que es donde está el argumento más sólido.
